jueves, 22 de marzo de 2018

Vancouver Reloaded


Juan Carlos García Valdés

El jueves 25 de mayo de 2013 mi teléfono suena. Apenas contesto, una voz que no admite pausas ni interrupciones me pregunta lo siguiente: “¿Estás interesado en una beca del gobierno del Estado de México para ir un mes a Vancouver, Canadá, a practicar tu inglés? Todos los gastos de traslado, hospedaje y clases estarán cubiertos por el propio gobierno. Además te daremos 20 mil pesos para que compres recuerditos y llaveros.

Mi respuesta es obvia: “No”.

“Pero tienes que decir que sí”, señala la telefonista.

“No, dije que no”.

“Bueno, te ofreceré algo invaluable. En ese viaje conocerás a Ingrid, Mayra y a Erick”.

La cosa así ya cambia: “Ahora menos”.

No se crean. La verdad es que el 25 de mayo no fue jueves ni el diálogo fue exactamente como lo acabo de mencionar, pero lo cierto es que el gobierno sí nos mandó a nosotros cuatro y a seis bodoques más a la tierra de Rosalia, por un mes y con todo cubierto, y ahora, a cuatro años y medio de haber engalanado con nuestra presencia a la Columbia Británica, me di a la tarea de contactar a ya saben quién (mis amigos Mayra, Erick e Ingrid) y preguntarles un poco por las secuelas del viaje.

Así las cosas, les mandé un cuestionario con tres ejes rectores: el primero preguntaba sobre las consecuencias mismas del viaje, el segundo sobre qué había sido lo mejor y lo peor de nuestra estancia en Vancouver, académicamente hablando, y el tercero sobre cuáles deberían de ser los requisitos a tomar en cuenta para seleccionar a los estudiantes que forman parte de estos programas.

¡Se graba!


Como diría Fox… ¿y yo por qué?

Empecemos de atrás para adelante y veamos qué tuvieron que decir nuestros amigos vancouverianos sobre los requisitos a tomar en cuenta para ser seleccionados. Pues bien, no me queda más que decir que se va a armar la gorda puesto que hay en las respuestas para todos los gustos y para todos los sabores.

Mi buen amigo Erick, persona inteligente, sencilla y leal donde las haya, se decanta por un enfoque inclusivo: “Sinceramente, creo que cualquier alumno con un nivel A2 debe recibir la oportunidad de estudiar inglés en el extranjero”.

Para Ingrid, a la que en el viaje llamaba best friend y que me alegró cada día canadiense, incluido ese en el que la paloma de Granville Island decidió hacer de las suyas sobre todo mi bello ser, comenta: “Creo que las estancias que paga el gobierno deberían estar enfocadas a practicar el inglés, y no tanto para aprendizaje; se debería hacer una evaluación enfocada a acreditar que se cuenta con los conocimientos básicos y dominio mínimo del idioma, considerar las calificaciones de los estudiantes seleccionados, y pedir el compromiso a los alumnos de traer resultados de la estancia, para que el viaje sea significativo”.

Mayra, nuestra muy apreciada amiga, experta de la danza y de la calidad humana, se sincera desde un primer momento y por eso siempre me ha caído bien. “Cuando leí la primera pregunta (<<Cuatro años y medio después de nuestro viaje, ¿qué tanto has avanzado en el inglés? ¿qué tanto lo practicas día a día?>>) solo me reí y por consiguiente las demás fueron un poco y mucho de lo mismo; esta experiencia fue una recarga de muchos sentimientos y para mí no es posible contestar como mis otros compañeros amantes del inglés; y si no son amantes, por lo menos, interesados en el idioma”.

“Me atrevo mejor a contarte”, continúa Mayra, “cómo fue que llegué a ser afortunada al obtener una beca equivocada. Como todos sabemos, para obtener una beca como primer requisito es tener un promedio elevado. (…) El primer requisito lo cumplía perfectamente, los demás como certificaciones o constancias que avalaran estudios sobre inglés no y sinceramente no sé cómo no hubo ningún problema”. 

Y aquí voy a retomar algo que me escribiste recientemente May: tal vez no hubo problema porque los directivos de tu escuela no tenían ni idea de las características del viaje: “En ocasiones como paso conmigo”, dice Mayra, “ni siquiera los directivos de departamentos escolares tienen idea de tu destino final, pues cuando llevé evidencia de la estancia se sorprendieron que hubiera ido a una escuela de idiomas y no de danza”. A ti te tuvieron que haber enviado a la Academia del Bolshói, pero eso habría sido triste, porque no nos hubiéramos conocido.

Si se cuenta con recursos limitados, lo cual es el caso del gobierno, la pregunta que surge es ¿cómo hacer la mejor selección de aprendices o usuarios del idioma? ¿Qué combinación nos da más beneficios? En este sentido, Erick expresa lo siguiente: “El factor determinante debe ser el promedio del alumno ya que refleja quizás no su coeficiente, pero sí una actitud responsable”.

Me imagino amigo que ¿aquí nos referimos al promedio de la materia de inglés o tomaríamos en cuenta el promedio general del estudiante? ¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que señala Mayra? Ella, por lo que nos comparte, tenía un promedio elevado, pero su nivel de inglés le dificultaba comunicarse en muchos casos e incluso indica en un momento dado de nuestra comunicación: “Una vez estando en Canadá me sentía muy inferior a todos ustedes, porque no tenía idea de lo que me hablaban y pocas veces sabía qué contestar y con esto respondo a tu tercer pregunta: para mí, sí es indispensable estar empapada de este idioma si es que quieres ir a otro país y más si se te está dando todo el recurso económico, no al grado de dominarlo pero sí, por lo menos, un nivel básico y lo más importante es estar interesado por lo que vas a aprender”.

Créanme amigos que estoy entre la espada y la pared, tratando de tomar en cuenta uno y otro argumento, de hilar, de conectar y de no dejar a nadie fuera del partido. Y eso que toda la interacción fue por escrito y en línea; si nos hemos reunido, nos agarramos como El Piojo y Cristante y a ver quién nos detiene.


Mis alumnos proyectados a la potencia #100,000

No he sabido que mis estudiantes participen en el programa vancouveriano, pero algunos sí han solicitado ser parte de Proyecta 100,000 con resultados diversos. Están los que así se han ido a distintos puntos del País de las Barras y las Estrellas y están también los que lo han intentado varias veces sin que les hayan otorgado los recursos correspondientes.

En una parte de su respuesta, Erick dice: “Yo agregaría que para concluir la selección pidieran una evaluación psicológica: no de un estudio psicométrico que tome el alumno, sino a través de las observaciones de los maestros que han trabajado con él/ella. Para determinar si se desenvolverá de manera responsable y que obtendrá los mayores beneficios del viaje”.

El que escribe este blog, dueño del nombre más bello de este mundo (es broma y anécdota de este viaje, no se la vayan a creer; nuestro maestro en Vancouver: “Para finalizar la clase, quiero decirles algo. Todos ustedes tienen nombres hermosos, pero nadie como – ahí revisa la lista – Juan Carlos García Valdés”, jajajajaja) es, además de bloguero, gruñón y rey de los pickies, docente de inglés, y entonces cabría preguntarle, siguiendo el planteamiento de Erick: “Mí mismo, ¿hubieras escogido a tus alumnos y alumnas que fueron a los United?” Respuesta salomónica: a unos sí y a otros no, que es como decir que no estuvo mal la selección, pero que dejaron en tierra a algunos delanteros y algunas delanteras de gran nivel.


Necesidades específicas

Ahora bien, ¿qué pasaría si nos hubieran enviado no nada más a un curso de inglés general sino a uno mucho más enfocado a nuestras necesidades específicas? Esto es lo que plantea Ingrid: “Sería bueno que la estancia pudiera centrarse no sólo a ir a practicar el idioma, sino quizá para el desarrollo de conocimientos, enfocado a la carrera que se está estudiando, eso retroalimentaría en gran medida el viaje, y sería no sólo con fines personales, sino de aportar algo a nuestro país, una vez concluida la estancia”, que es, por ejemplo, lo que se busca con las becas de CONACYT.

Imagínate Mayra si en lugar de que te metieran a un salón donde reinaba el verbo to be, te hubieran llevado a uno en el que los temas fueran relacionados con la danza o que a ti, Ingrid, te hubieran buscado un curso ligado al derecho internacional o que a Erick y a mí nos hubieran llevado a Tim Hortons todos los días a degustar el café, las donas y los panquecitos (“de hecho, sí fueron todos los días, par de comelones”) para poner a prueba que en la Facultad de Lenguas había buena lengua y buen paladar.

Ahora que hablamos de necesidades específicas, recuerdo como contraste las palabras de cierta persona que trabajaba en la escuela de idiomas a la que llegamos (me reservo el nombre de mi fuente): “Es que nos tienen sorprendidos; como venían de México y por parte del gobierno, creímos que todos tenían un nivel básico, pero varios tienen un nivel avanzado”. ¿Cómo hacer pues para empatar las visiones de los alumnos, maestros, del gobierno e incluso del país receptor? Ya saben que en este blog más que una respuesta firme y determinante, hay una apertura al diálogo y a las ideas diversas. La educación es una conversación y en una conversación no se impone, sino que se va confeccionando el tema hasta haberlo agotado o hasta haberlo destruido o hasta hacer que resurja.


Coincidencia innegable

En algo sí coincidimos todos y es en el hecho de que la estancia resultó muy corta, y no nos referimos aquí a la estancia de mi casa, donde escribo esta entrada, sino al número de días que permanecimos en Vancouver. Mayra comenta: “si no estás muy familiarizada con el inglés; un mes es muy poco para aprenderlo en otro país” e Ingrid remata: “sería bueno ponderar que la duración de las estancias sea mayor, porque sólo así se aprovecha de manera significativa el viaje, y además se ve reflejado un mayor aprendizaje; una duración de tres meses sería aceptable”.

Yo, en torno a este aspecto, ¿qué les cuento? Que al principio despotriqué contra la ciudad de las playas y los jardines botánicos, pero que ya al final no me quería regresar. Y en cuanto al inglés, coincido con mis acompañantes de viaje: 30 días es nada, apenas un atisbo o un esbozo.


Académicamente hablando, ¿qué fue lo mejor y qué fue lo peor de Vancouver?

“Lo mejor”, comenta Ingrid, “fue conocer otras técnicas de enseñanza, profesores de otro país, la interculturalidad entre los alumnos que eran de distintas nacionalidades, y el enriquecimiento cultural en las aulas y fuera de ellas con los compañeros”.

Para Mayra, “lo mejor de esta estancia es haber convivido con personas muy interesantes y, sobre todo, todas comprometidas por este idioma; reconozco que su conocimiento sí me incentivó a querer aprender un poco más, sólo que entre mis intereses aún no lo veo indispensable”.

Erick, que también es maestro de inglés, como yo, revela: “Académicamente debo confesar que me robé algunas dinámicas que usaba nuestro teacher (no puedo creer que ya no recuerde su nombre). Me gustó mucho que siempre que era posible nos ponía a trabajar en equipo y es algo que continúo haciendo con mis grupos”. A lo mejor para futuros maestros de inglés, el viaje sí está que ni mandado a hacer, aunque yo recuerdo haber ido a platicar con el director y con el coordinador del centro de idiomas de la calle Nelson sobre lo ilógico que me parecía que al tener cafés, restaurantes, cines y muchos otros lugares a cien metros a la redonda, todo se llevara a cabo en el salón de clases.

Para mí, lo peor de Vancouver, académicamente hablando, fue que las clases, en general, me parecieron tan malas y monótonas como la mayoría de las clases en Mexicalpán de las Tunas, los Duraznos y el Ajonjolí, con algunas excepciones muy loables. Desconozco si mis interlocutores coincidan, pero al menos Ingrid cuenta una anécdota interesante, que tal vez no haga referencia a la calidad de las clases en sí, pero sí a factores que pueden influir en ellas.

“En lo personal me sucedió algo curioso”, dice Ingrid. “En un inicio me ubicaron en un grupo de inglés intermedio, (…) pero como los compañeros eran adolescentes, el profesor esencialmente empleaba técnicas de juego, y no me sentía cómoda por ello, así que estuve una semana en ese grupo. Después pedí que me cambiaran de grupo, a un nivel igual intermedio, pero donde las clases eran más serias, sin tantos juegos, y con compañeros que eran de mi edad; entonces aquí me sentí cómoda, pero acababa muy rápido los ejercicios, y mi progreso fue muy rápido, así que el profesor platicó conmigo, me dijo que veía que avanzaba muy rápido y consideró que era mejor cambiarme de grupo, a un nivel de inglés avanzado, así que igual sólo estuve una semana en ese grupo”.

O sea que no sólo tiene que ver la selección de los alumnos, sino también el grupo al que llegues, sus características, las dinámicas empleadas por el profesor, la interacción entre los alumnos y muchos factores más, como, por ejemplo, la familia con la que te toque hospedarte, pues las hay de 10 y las hay de vámonos mañana mismo.


La convivencia

Algo que no termina por convencerme del todo de estos viajes a Vancouver y compañía, se los digo con total honestidad, es que las nacionalidades literalmente llaman a los suyos, no en todos los casos, pero sí en muchos. Me refiero al hecho de que los japoneses se acaban juntando con los japoneses, los franceses mayoritariamente con los franceses, los de Ecatepec con los de Ecatepec y los de Coacalco con Erick, Mayra, Ingrid y conmigo. Por cierto, ¿dónde quedó el buen Víctor, mi roomie precisamente de Coacalco?

Por el contrario, el contacto con los nativos del inglés es esporádico o fortuito. Muchos dirán, JC, pero ¿qué dices?, si estaban en Canadá y con familias canadienses. Pues sí, pero con los que convives principalmente es con los otros alumnos extranjeros y los miembros de la familia de la casa donde uno se hospeda muchas veces no están o si están, como mi adorada Rosalia, lo digo en serio, se la pasan cuatro o cinco horas hablando por teléfono con sus familiares de la Toscana (Aun así Rosalia y a pesar de las hormigas en la cocina, ¡cuánto te quise!!!).

My best friend forever and ever lo señala con lujo de detalle: “Dejando de lado el tema académico, creo que las experiencias más enriquecedoras las tuve fuera de las aulas, con mi grupo de amigos, básicamente todos éramos mexicanos, pero el mayor aprendizaje creo que lo tuve así, en un contexto de la vida real, donde haces tu vida normal, y entonces ahí es donde verdaderamente aprendí, me enriquecí, al conocer otra cultura, otra forma de vida y de pensar”.

Y ya que hablamos de mexicanos, déjenme  traigo a colación la anécdota de cómo conocimos a otro mexicano más, precisamente en Canadá, pero proveniente de nuestra misma ciudad, bueno, casi vecino de mi tía. ¡Qué pequeño es Edmundo! (voz susurrante: “el mundo, no Edmundo”; pues yo tenía un compañero en la primaria con ese name y era realmente pequeño). Resulta que en la primera o segunda semana de nuestro viaje, tomamos una de las excursiones de la escuela, ni más ni menos que a Lighthouse Park. La travesía en autobús duró aproximadamente una hora y ya que estábamos ahí, comenzamos a caminar hacia la costa. El paisaje para los que nunca han ido es maravilloso. Y para los que ya fueron también es maravilloso; o sea, ni modo que el parque esté cambiando sus veredas y sus vistas a razón de si uno es cliente frecuente, visitante asiduo o vagabundo esporádico. ¡No me desvíen de lo que les quiero relatar!

Mientras caminábamos, notamos que cierta compañera no había escogido precisamente los mejores zapatos para un lugar así. En fin, no le dimos mucha importancia. “Nos tardaremos un poco más”, pensamos. “Eso será todo”. Y eso hubiera sido todo si la susodicha persona, que no es ninguna de las invitadas del día de hoy, hubiera tenido la prudencia de no subirse a las rocas junto al Océano Pacífico con sus megatacones, pero pues hay días en los que uno amanece envalentonado y nuestra apreciada acompañante dijo: “Agua va”, y literal, como si las olas se hubieran enfadado y el océano enardecido, tan pronto como inició su travesía tan surrealista, el mar decidió ponerla a prueba. Ella resbaló y casi se nos va, pero todavía alcanzó a soltar un bellísimo: “Por lo menos salven mi iPad”, ante lo cual, parece ser que hubo consenso unánime, si es que esto no es ya un pleonasmo.

Entre el desconcierto de algunos y las sesiones de fotos de otros, que apenas si se inmutaron, de pronto nos encontramos de frente con una persona alta y de acciones amables. Comenzamos a hablar en inglés y resultó que era de México. Le pregunté la ciudad y resultó que coincidíamos. Le pregunté el código postal y por poco es el mismo. Ahora es un excelente amigo mío y no sólo valoro su calidad humana, sino también su disposición para hablar siempre en inglés, pero no está de más, en otros casos, no en este, claro está, seguir lo que dice Mayra: “Otro punto a resaltar es que, si tienes la oportunidad de elegir el país y eres centroamericano o sudamericano, elijas un país en el que los habitantes nativos de tu misma lengua sean muy escasos, para que te sea imposible hablar tu lengua natal y te obligues totalmente a comunicarte en inglés”. Afortunadamente nuestro nuevo amigo vancouveriano/mexicano fue el primero en hablarnos siempre en inglés, pero lo que dice Mayra es cierto. Mejor irse a Glasgow o Auckland, porque en el metro de Vancouver los trending topics son el último juego de Monarcas Morelia y la forma adecuada para preparar cabrito.


¿Y a todo esto sí hubo avances o sólo mucho ruido y pocas nueces?

Mayra indica que el inglés y ella no se llevan muy bien. Ingrid, mientras tanto, señala: “En el sector académico sí lo he empleado, me refiero en concreto, cuando cursé una maestría que duró dos años (del 2015 al 2017), sí lo empleé, principalmente para hacer algunas investigaciones, y lo que puse en práctica fue la lectura”. No obstante, mi abogada favorita puntualiza: “No considero que el viaje por sí solo haya tenido un impacto significativo para que el día de hoy tenga un avance en el idioma; creo que me he mantenido en el mismo nivel”.

Erick destaca la dificultad para saber si ha avanzado o no: “Como maestro de inglés es difícil notar una diferencia o avance, ya que lo uso todos los días, pero si lo pienso a conciencia yo creo que sí. La única manera de probarlo sería saliendo de nuevo al extranjero”.

Yo, mientras tanto, me inclino a pensar que desde aquel entonces avancé mucho y, ciertamente, cambié mi manera de practicar, priorizando una práctica mucho más comunicativa y libre.


¿Sale la apuesta?

¿Le salió la apuesta al gobierno mexiquense al mandar a diez beldades a las cercanías de la peligrosísima Surrey y a los alrededores de la impresentable calle Hastings? Van a decir que “a quien le dan pan que llore” (yo ahora mismo me estoy comiendo una concha de chocolate que Santa María), pero sabiendo lo que sé y habiendo visto lo que vi, me decantaré por el no, como también optaría por la negativa si me preguntaran sobre el famoso programa Proyecta 100,000.

“Lo bebido, lo bailado y lo comido no te lo quita nadie” (pregúntenos por todo lo que nos empacamos en las 652 sucursales de Tim Hortons), y como experiencia personal y para hacer amigos Vancouver acabo siendo muy grato. Sin embargo, en materia lingüística los cambios producidos, al menos desde mi punto de vista, no ameritan la inversión.

Estancias más prolongadas, cursos enfocados a necesidades específicas, menos aula y más Tim, y el diseño estratégico de encuentros con nativos: todo esto podría contribuir a que cada centavo invertido por el gobierno pudiera verse reflejado en niveles cada vez más altos de inglés.

Por lo demás, la telefonista seguirá marcando, a veces omitiendo a los que lo tienen como verdadero anhelo, y la gran mayoría seguirá diciendo que sí, aunque esta vez la oferta no incluya conocer a Mayra, Ingrid y Erick, con lo cual, me temo, y lo digo en serio, que buena parte de las bondades del viaje no estarán ahí.

Y para los que piensan que el día que el gobierno les dé una beca para irse un mes a Canadá, Estados Unidos o Malta, ese día sí su inglés mejorará, me permito aconsejarles lo siguiente: pónganse las pilas aquí mismo, en su país, y si el viaje llega, bienvenido y a disfrutarlo; pero si no, tampoco es el fin del mundo.

Vancouver sí era el fin del mundo o así me lo parecía cada tarde cuando subía por la Holdom Street hacia la casa de Rosalia. “¿Qué habrá detrás de esas montañas? ¿Qué habrá si uno se sigue derecho?”

Síganse derecho con su inglés, a ver qué encuentran.


Agradecimientos

Gracias Ingrid, gracias Mayra, gracias Erick, por su calidad humana y por sus aportaciones. Ha sido todo un reto para mí escribir esta entrada y espero no haber dejado mucho afuera. ¡Que Dios se los pague con muchos cafés del Tim Hortons y con muchos días como los de Grouse Mountain y Deep Cove!


Manos a la obra

¡A aprender, a viajar, a abrazar la interculturalidad y el fin de la rutina tediosa!


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jueves, 8 de marzo de 2018

El dinosaurio y el arte de curiosear y aprender


Juan  Carlos García Valdés

Sobre el cuento de Augusto Monterroso intitulado El dinosaurio se han escrito cientos de análisis y artículos. Hay en sus siete palabras un aura que, como sucede en las grandes obras, admite todas las interpretaciones necesarias, pero no cualquier interpretación. Recuerdo, incluso, el chiste que alguien alguna vez me contó sobre la mujer inculta a la que le preguntaban si ya había leído el microrrelato del escritor guatemalteco, a lo que la fémina respondía que había empezado “ayer por la noche”.

Si El dinosaurio fue durante mucho tiempo el microrrelato más breve en lengua española, y de los que llegaron a la final probablemente uno de los pocos que vale la pena, la susodicha dama debe ser, sin temor a equivocarnos, la durmiente más rauda del orbe y no es complejo imaginar su respuesta ante el siguiente cuestionamiento:

¿Ha leído Luis XIV de Juan Pedro Aparicio?

Respuesta: Empecé ayer, pero me quedé a la mitad.

¿Y?


Las enciclopedias de 27 tomos

Me imagino que muchos de mis lectores habituales deben estar ahora mismo preguntándose por qué he escrito todo esto. “¿Y…?”, dirán, como quien toma Luis XIV, lo divide en dos y vuelve pregunta retadora a la mitad favorita.

Esta vez se las he puesto un poco más difícil (una investigación adecuada de menos de dos minutos les permitirá entender todo lo anterior), porque a menudo cuando se ponen las cosas difíciles es cuando aprendemos y avanzamos; por el contrario, cuando nos ponen todo en bandeja de plata, frecuentemente desaprovechamos y valoramos muy poco.

Cuando era niño – yo durante algún tiempo fui párvulo – no había internet. De verdad, no había nada de nada. Y entonces, los lectores más viejitos, de la época de Monterroso, podrán atestiguarlo, cuando uno quería aprender algo, había principalmente dos opciones: o se iba uno a la enciclopedia de veintisiete tomos o le preguntaba uno a quien estuviera a la mano.

Buscar en la enciclopedia física tenía su encanto, sus limitaciones y sus trucos. Recuerdo haber estado buscando por varios minutos algún concepto que me habían dejado en la primaria, sacar primero un tomo, darme cuenta de que ese no era el adecuado, regresarlo a su lugar, intentar con otro y otro más, para terminar gritando: “Papá, mamá, ¿cómo encuentro la tercera ley de Newton?” “A cada acción siempre se opone una reacción igual” y a mi grito de auxilio siempre se le oponía un “Ya voy. Ahorita te ayudo”.

Eso era antes, les hablo de los noventas, y ahora la situación es muy distinta. Tal vez el hecho de haber tenido que buscar así las cosas me hizo valorar la presencia de internet, esa que tantos dan por sentado. De un panorama donde la búsqueda era manual y a veces tediosa pasamos a una realidad en la que la búsqueda es inmediata, aunque, por lo mismo, constantemente poco significativa.

Al poder buscarlo todo y al encontrar prácticamente todo, el encanto del descubrimiento ha quedado en pura nostalgia y ahí donde la búsqueda daba paso a una buena plática o a una buena tertulia o a una buena lectura, el sondeo moderno da paso casi inevitablemente a un cúmulo de memes y videos que nos desvían de nuestro cometido.

El mundo se ha vuelto por lo tanto más ruidoso, pero al mismo tiempo más silencioso: ruidoso por la cantidad de distracciones existentes, cantinela que evita la concentración; y silencioso porque ya prácticamente no existen las pláticas, sino monólogos simultáneos en los que lo que importa es exponer, fanfarronear y despotricar, aunque casi nadie nos ponga atención. Bienvenidos al mundo donde supuestamente hay mucha libertad de expresión, pero donde realmente hay poca voluntad de comprensión. Bienvenidos al mundo donde impera la distracción, pero se carece de curiosidad.


Indagar y curiosear

Cuando se ponen las cosas difíciles y uno empieza a indagar, uno aprende. De pronto, los lectores que no tenían idea alguna de Tito Monterroso ni de El Dinosaurio ni del género mismo, si ya hicieron su breve investigación, aprenden algo. Andar de curiositos a menudo trae sus dividendos y en el campo de los idiomas, el inglés en nuestro caso, ambas acciones son fundamentales.

Recientemente, en una plática que tuve (yo a veces todavía tengo ese tipo de intercambios), una persona que no es ni teacher ni traductor ni intérprete dijo: “La mejor manera de ir conociendo las palabras es a través de los libros. Vas leyendo y si no te sabes algo, vas al diccionario. Una y otra vez. Una tras otra”.

Es verdad que yo en varias ocasiones he recomendado tratar de entender el significado de los vocablos por medio del contexto. Sin embargo, y ese es tal vez uno de los encantos de las conversaciones que el internet difícilmente tiene, la apreciación de mi contertuliano me hizo ver un nuevo horizonte y una manera nueva de aprender más y más, sobre todo ahora que el viaje al amansaburros implica simplemente un movimiento de dedos y un click.


Apatía

“Cuando despertó”, sin embargo, la flojera “todavía estaba allí”. Es triste que a pesar de que ahora tenemos todos los medios para aprender, los aprovechamos realmente poco. Imagínense un mundo sin Ted Talks, YouTube, WordReference, EngVid, iTalki, Duolingo, Memrise, ELLO, UrbanDictionary, Gutenberg, BBC en línea, Netflix, podcasts y cien mil recursos más. Pues igual sin todo eso, nuestros antepasados aprendían inglés y otros idiomas. Imagínense lo que hubieran dado por tener acceso a estos materiales y a estas páginas.

La paradoja radica en que el bien siempre viene acompañado del mal y así como ahora tenemos acceso a Duolingo, también tenemos acceso a Angry Birds y por cada TED hay un Candy Crush y con el advenimiento de la red vino también la necesidad de cazar pokemones y por cada palabra que podríamos descubrir el día de hoy hay también, esperándonos, cien memes y cien jueguitos inconsecuentes.


Paradojas

El mundo está hecho de paradojas y los idiomas no son la excepción. Entre más avanzamos, más dudas nos surgen. Entre más progresamos, menos seguros nos sentimos de algunas cosas: de la pronunciación de una palabra, de la viabilidad de usar un verbo en determinado contexto, de cómo seguir nuestro camino. Por el contrario, los que saben poco se muestran seguros de su “Hello, how are you?”, aunque al terminar la frase se terminen también las posibilidades de su escaso repertorio.

El mundo está hecho de paradojas y para muestra el botón del inglés que deja de pronunciar un sinfín de letras, sobre todo las que llegaron al final como en come y gone, y sin embargo le da cabida a otras que ni vela tienen en el entierro como en segue.

El mundo está hecho de paradojas y ahí donde existe la prueba de que se aprende por interacción, los sistemas educativos del mundo se empeñan en instruir, con lo cual sólo destruyen, en enseñar, con lo cual sólo muestran sus carencias, y en explicar, con lo cual sólo manifiestan lo poco que los eruditos y expertos saben del tema. Es decir, paradójicamente saben mucho, pero no han logrado aprehender lo más importante.

Y por si nos faltaran pruebas de lo paradójico que es este mundo ahí está todavía El Dinosaurio, siete palabras sobre las que se han escrito miles de páginas, mientras que sobre centenares de volúmenes obesos casi nadie escribe nada.


Andar de pata de perro

Para aprender hace falta indagar y curiosear, pero también hace falta andar de pata de perro. Recorrer, viajar, perderse un rato nos ilustra en dos sentidos: en la geografía del mundo y en la geografía personal. De pronto, descubrimos paisajes que creíamos inexistentes y maneras de ser que no habíamos manifestado. De pronto, en el trayecto entre una ciudad escocesa poco famosa y Embra Castle o en el recorrido de Burnaby al centro de Vancouver o en la caminata al lado del Thames, nos surgen nuevas interpretaciones y nos damos cuenta de un léxico que antaño parecía remoto. De pronto, viajar y aprender se vuelven sinónimos.

Para viajar, sin embargo, no siempre hace falta moverse. Uno puede viajar por los libros, por las enciclopedias, por los diccionarios, por Google Maps, por los recovecos de nuestras imaginaciones y por las veredas abiertas por el brío mismo del aprendizaje.

Viajar es sinónimo de aprender, pero no de moverse. Los hay quienes se han movido infinitamente por el mundo y nunca han viajado realmente, nunca han aprehendido, nunca se han perdido. Y existen, por el contrario, aquellos que a través de la lectura, los relatos y la imaginación conocen el Palacio de Buckingham y la Plaza de Tiananmén.

Lo mismo sucede con muchos lectores que no admiten pausa alguna y que por leer tanto no entienden nada. Van por los libros como aquellos que van por el mundo sólo en busca de sellos para el pasaporte y no de experiencias que resulten memorables para toda una vida.

En los idiomas pasa igual y el inglés, por supuesto, no es la excepción. Hay quienes aprenden para presumir, para competir o para ponerlo en el currículum y hay quienes aprenden porque descubren la necesidad de expresarse y comunicarse en una lengua que no era de ellos, pero que termina siendo de ellos.

Y luego está el dinosaurio, que dice que hoy no tiene tiempo, que hoy no tiene ganas, que hoy no tiene los recursos, que hoy no tiene nada, que mejor hoy no hay que hacer nada y mañana tampoco, pero que ya vendrá otra vida y que seguramente le pasará lo mismo y que a la séptima o novena reencarnación, dependiendo del idioma, entonces sí, se pondrá las pilas. “Es sólo que hoy amanecí sin ganas”.

Me morí siete veces y “cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba allí”.


La última paradoja

En la vida, las paradojas se suceden unas a las otras y, a veces, cuando uno disfruta tanto el haber escrito una entrada, como la del día de hoy, también se da uno cuenta de que está a punto de llegar a las 100 entradas y que cuando eso suceda no quedará más que decir adiós al blog y darle paso a otros proyectos.

Nos quedan tres entradas por compartir y lo disfrutaré como si fuera la primera vez.


Manos a la obra

Curiosea, indaga, viaja, pregunta, lee, descubre, descúbrete, platica, aprende porque quieres y no porque te lo imponen, aprovecha los recursos que tienes a la mano y a la gente que tienes cerca, no te des por vencido o por vencida y no creas que lo sabes todo.

Siempre habrá un nuevo descubrimiento y una nueva perspectiva. Siempre habrá una nueva motivación y una nueva necesidad. Y siempre habrá dinosaurios, pero tú no quieres ser uno de ellos.

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jueves, 22 de febrero de 2018

¿Qué estamos haciendo bien y qué estamos haciendo mal?

Juan Carlos García Valdés

Una persona que conozco, Lucho, dice que soy un adicto al trabajo (workaholic) y creo que tiene razón. Aquí entre nos, disfruto mucho dos partes del día: las primeras horas de la mañana y las últimas horas del día. En esos lapsos las interrupciones disminuyen considerablemente y es cuando más avanzo.

Como el workaholic que soy, a menudo me la paso ideando nuevas estrategias para mis alumnos y reflexiono mucho sobre lo que estamos haciendo bien y lo que estamos haciendo mal. Y aquí les comparto algunas de mis reflexiones.

Estamos haciendo mal: Craso error #1

Lo veo recurrentemente y me pone de malas. La gente, no todos, pero sí la mayoría, deja las cosas para el final final. Es decir, no para el último día, sino para el último minuto literalmente.

Aunado a lo anterior, no ejercitan lo suficiente. "Con ir a una clase ya hice lo que tenía que hacer". El músculo del vocabulario y el músculo de la gramática y el músculo de la fluidez no están lo suficientemente trabajados y, por eso, cuando se ponen a prueba colapsan.

Es como si el señor panza chelera de la reta dominguera o el trotador casual de pronto quieren jugar en la Premier League o acudir al Campeonato Mundial de Atletismo, respectivamente: simplemente es imposible.

Desafortunadamente, nos estamos preparando como si el reto fuera la cascarita con los amigos de la cuadra y no la final de la Champions League en Wembley Stadium. Y diría Brendon Burchard: "¿Cuánto lo queremos realmente?" ¿Cuánto queremos que nuestro objetivo se cumpla?

No dejemos la preparación para la certificación hasta que ya tengamos el agua al cuello. O "es que la próxima semana tengo una entrevista de trabajo y sólo sé decir <<Hi!>>". Pues sí, pero antes tuviste mucho tiempo y sólo te estuviste picando un ojo.


Estamos haciendo mal #2: Ligado a lo anterior

No me ando normalmente entre las ramas, ni que fuera chango, y esta vez no será la excepción. Lo diré tal cual es: algo que me purga (sí, me purga) es que la gente sea desorganizada. Pero eso no pasa en mi país, no, ¿cómo creen? Lo digo porque me imagino que pasa en las regiones centrales de Alemania y en la parte más septentrional de Dinamarca.

¿A qué voy? A que muchos de mis alumnos pasan más tiempo buscando una hoja que aprendiendo. "Es que me acuerdo que la tenía por aquí; no, por acá; no, en la libreta que dejé en Pinotepa Nacional; no, en la que hago garabatos con pluma rosa; ¡ya la encontré! ¡Celebremos!" No, no y no, porque llevas media hora buscando algo que debería de haberte llevado diez segundos. 


Algunos consejos al respecto:

a) Tengan una sola libreta o un solo fólder para cada curso o para cada proyecto y, sin excepción, metan todo lo relacionado con esa actividad ahí. Lleven un orden. De preferencia, peguen o engrapen las hojas sueltas para que no se vayan a perder.

b) La tecnología está muy avanzada y es muy útil como para no aprovecharla. Yo, por ejemplo, antes escribía casi todas mis entradas de blog en la computadora. Ahora las escribo con mi celular en Evernote y luego me las comparto a mí mismo por correo o las subo directamente desde aquí. La libreta y la oficina del mundo moderno son nuestros teléfonos celulares. Esto nos lleva a pensar que el párrafo anterior es útil, pero que tal vez debemos dar el salto hacia lo tecnológico. Así evitamos tener infinidad de papeles y post-its y podemos acceder a nuestra información desde prácticamente cualquier sitio. Al decir información en este caso, léase nuestro vocabulario y nuestras notas.

Tip de friends: no escriban todo lo que está en las diapositivas o en el pizarrón. Sean selectivos al hacer sus notas o, mejor aún, saquen una foto y san se acabó.


Estamos haciendo mal #3: Nuevamente ligado a lo que acabo de decir

Otro yerro continuo que detecto es que la gente tiene múltiples momentos para poder practicar al día, pero arguye que no tiene con qué practicar. "Es que yo practicaría, pero no me traje ningún libro, ni traigo mis notas conmigo". O "es que no hay internet".

¡Pues eso tuviste que preverlo! Y honestamente creo que convertir nuestro celular en nuestra oficina solucionaría muchas de estas cantaletas. ¿Por qué? Porque el celular va con nosotros a todos lados y ahí podemos tener prácticamente todo.

Descarguen varios libros y varios audios a su modern office y cerciórense de que pueden acceder a ellos incluso sin conexión a internet. Y lleven siempre sus audífonos con ustedes. Una cosa es que quieran practicar y otra muy diferente es que quieran que la cuadra entera practique con ustedes.

Tip adicional: respalden siempre su información.


Estamos haciendo mal #4: Seguimos promoviendo la instrucción en vez de la interacción

Continuamos creyendo que metiendo a los párvulos en un salón de clases lo soluciona todo. "Pues ya tienen su clase", dicen directivos, maestros y padres de familia.

Pues sí, muy bien. Pero ¿y la Cheyenne apá? Que diga, que diga... ¿Y la plática y el cotilleo?

Ahora bien, eso no significa que todo tenga que ser brindado por el centro educativo o por el docente en turno. ¿Dónde están las ganas del aprendiz? ¿Dónde está su voluntad y su compromiso? "Es que no hay internet y dejé mi voluntad ahí". También los aprendices tienen que moverse y tienen que buscar su propia práctica.

Bueno y a todo esto, ¿estamos haciendo algo bien?

En estos momentos me imagino la cara de Lucho diciendo: "no sólo es workaholic; aparte es negativo" (movimiento de cabeza de un lado a otro, mirada matadora y labios apretados).

Si tuviera que escoger algo que estamos haciendo bien, sería lo siguiente: cada vez veo a más y más aprendices escuchado música in English y jugando videojuegos in English. A veces no entienden nada, verdad, pero el contacto en ambos casos me parece más recurrente que antes.

Otro aspecto positivo que detecto es que cada vez hay más conciencia en cuanto al hecho de que la gramática no lo es todo en el idioma.

También, por las características de nuestro country, cada vez percibo un contacto más habitual con nativos del inglés. No en todos los casos, pero sí en algunos. Primos, tíos, amigos: la baraja parece ir creciendo.

Y finalmente, veo que en algunas personas, no en todos nuevamente, la percepción sobre el inglés empieza a cambiar: "pues no era tan difícil" o "pues después de todo no es tan tedioso como yo pensaba".

Lo tedioso es tener que seguir lidiando con las prácticas ineficientes del pasado.


Manos a la obra

Espero que algunas de estas reflexiones hayan podido resonar con profundidad y que los lleven a ser mejores aprendices y mejores usuarios de la lengua.

La clave está en la acción estratégica, el orden y la disciplina, en no dejar todo al final y en ser proactivos, en dejar de lado las ideas que no funcionan y dar paso a lo que nos dará resultados.

Nuestro propio Wembley o nuestro propio Campeonato Mundial nos esperan y tenemos que prepararnos de la mejor manera.

Puedes compartir cualquier duda, pregunta, comentario o sugerencia escribiendo al correo electrónico juan.garciavaldes@cadlenguas.com

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jueves, 8 de febrero de 2018

Ideas intermedias de un teacher que no es ni adolescente ni viejito: del odio al aguacate al fin de la imposición

Juan Carlos García Valdés

Los que dejan de verme durante algún tiempo y de pronto me encuentran a menudo dicen de mí que soy el mismo y que no he cambiado nada, ante lo cual, debo decir, mienten.

Mienten porque yo no era tan guapito antes (no, pues entonces sí eras un niño muy federal) y dejar de reconocer eso (mi guapura presente, que no mi otrora fealdad) es como negar que Brady ha sido el mejor quarterback de todos los tiempos (a pesar de que recientemente perdió el Super Bowl) o como poner en tela de juicio que nuestro querido amigo Nelson Mandela fue un buen hombre. Simplemente no se puede.

Sea como sea, esta entrada no va de mi handsomería, sino más bien del hecho de que los aguacates de mi vida, como dice la canción, "no son como yo pensaba (no son como imaginaba" y no sé si son "como yo quería").


¿Los aguacates de tu vida?

Cuenta la leyenda que el pequeño JC odiaba los aguacates con odio jarocho. Lo mismo le pasaba con el fútbol y con la manejada. Por el contrario, amaba leer novelas y escuchar las pláticas de los adultos.

Un buen día, todo empezó a cambiar. Primero fue el calcio, cuando en el Mundial de los United se enamoró de la Suecia del Loco Ravelli; luego el aguacate, al que se fue encontrando en tortas, tacos y botanas, y, ya más entrado en años, sucumbió ante el encanto de la manejada.

Una vez, para que el caso opuesto quede también ejemplificado, su abuelo le contó la historia de su bisabuelo, o sea el bisabuelo de YeiCi, no el bisabuelo de su abuelo (de quien ya nadie guarda registro alguno) y le dijo que ese muchachito (todos los bisabuelos alguna vez irradiaron juventud) frecuentemente aseveraba con gran orgullo que él no leía novelas porque no concebía como habiendo tanta realidad se le podía dedicar tanto tiempo a lo ficticio.

Era de esperarse que ante tal recuento, Juancito haya puesto cara de what a la cuarta potencia, como quien nomás no entiende cómo alguien (o sea helloooo) se pudiera privar de tan bellos relatos.

Pues resulta que con el paso del tiempo y con la venida de las aguas (¿eso qué?), Giancarlo decidió apoyar la moción del bisabuelo y si bien sigue leyendo a Watzlawick, Peters y Burchard, definitivamente se ha alejado de Kertész y de Zweig.

Y ya de las pláticas de los aburridultos mejor ni hablamos, que son mundanas y soporíferas, y ante las cuales JuanCa se pregunta cómo pudo aguantarlas, incluso con aprecio, durante tanto tiempo.

En fin que ya puede deducirse que la gente cambia y que la persona con el nombre más bello del mundo (o sea yo, y no dicho por mí, sino por mi ex maestro de inglés vancouveriano, si a eso se le podía llamar maestro) no es la excepción. 


No andaba muerto... andaba de maestro

Los cambios no sólo se han suscitado en el plano personal. El plano profesional no ha estado exento de variaciones y transformaciones.

Así las cosas, cuando empecé a dar clases creía que un buen maestro era todopoderoso y que, por ende, podía hacer que todos sus alumnos aprendieran. Hoy, después de varios años, sé que el todopoderoso es el alumno, aunque, paradójicamente, sólo en dos vías: para aprender a más no poder o para obstaculizarse el camino a tope, y desafortunadamente la mayoría de los educandos, eduquendos, ado, ido, to, so, cho, se especializan en el arte del "yo no puedo", del "yo no quiero" y del "ya será después", un después que rara vez se materializa.

Lo anterior le ha quitado cierto dramatismo a mi función. Si antes me preguntaba qué estaba mal en mi docencia, ahora simplemente pienso: "Si no quieres aprender, es tu problema y se acabó. La fila para pagar el extra está a la derecha y la de los desempleados es la que le sigue".

Habiendo dicho lo anterior, también debo reconocer que con los aprendices que sí se aplican me he vuelto mucho más comprometido. A ellos les ayudo, les consigo práctica adicional con nativos, extranjeros o hablantes avanzados, les regalo libros y, en fin, hago todo lo posible para que progresen como nunca antes. En pocas palabras, nos volvemos un equipo y los resultados se notan.

Cuando comencé a impartir clases era la persona más seria con mis alumnos. Yo llegaba, daba instrucciones, checaba las respuestas, asentaba calificaciones y san se acabó. De hecho, sigo siendo la persona más seria del mundo mundial, como diría el doctor, pero sólo fuera de mi trabajo.

En mi área de trabajo, con mi equipo de trabajo, soy, por el contrario, la persona que siempre está  saludando, preguntando, molestando e indagando. Estoy convencido de que la clase empieza en el pasillo y sé sin temor a equivocarme que es ahí donde uno tiene más posibilidad de bajar el filtro afectivo del student. La mayoría de los maestros ineficientes son malos en el pasillo y muchos lo son todavía más en el aula.


No es la instrucción, es la...

Ahora sé que se aprende por interacción y no por instrucción. La clase es la parte menos importante del aprendizaje. Lo fundamental es lo que el alumno hace fuera de ella: ¿Ve películas en inglés? ¿Escucha música y la entiende? ¿Le como el Secretario de Educación o lee como gente decente? ¿Tiene conversaciones? ¿Escribe en inglés? ¿Chatea? ¿Usa aplicaciones en inglés? Ahí están los predictores del aprendizaje y no en un 9.6 que sube a 10 y ahí está también la labor de un buen teacher: motivar, motivar y motivar (y retar también).

Todo esto me ha llevado a implementar los mecanismos necesarios para que cada vez haya mayor autonomía en el salón de clases, aunque a veces tengo que ajustar las tuercas y eso casi nunca me gusta. Mi mantra ahora es: la menor imposición posible. Adiós planes y programas anticuados y bienvenida la libertad del estudiante.

En el pasado, creía fervientemente que el inglés debía ser el único idioma en el salón de clases; hoy sé que puro inglés, a velocidad normal, para muchos es simple ruido y, por consiguiente, cero aprendizaje. Se vale usar la lengua materna, sobre todo en los niveles iniciales. No es pecado. Ya un poco después, que ni se les ocurra. English or English.

Mi función, me parece, es ahora más la de un coach que la de un instructor. Y en algunos casos la de un amigo y en muchos casos la de un psicólogo o terapeuta. De haber sabido, hubiera estudiado locología.

Por lo anterior, estoy convencido de que el equipo debe de estar en constante comunicación. Cuando empecé a dar clases, no tenía ni Facebook ni WhatsApp ni blog ni nada. Hoy, creo que la tecnología facilita mi trabajo, el avance de mis alumnos y el flujo de la retroalimentación. Por ello, y a pesar de que no todas las experiencias han sido gratas, valoro las posibilidades del mundo moderno para interactuar, influir, enseñar y aprender.

Manos a la obra

Nadie se mantiene nunca inmutable. Cambian las cosas, las personas, los lugares, las ideas y las perspectivas. Cambia incluso nuestro gusto por los aguacates.

Y es en el hacer cotidiano, si lo llevamos a cabo con autenticidad y compromiso, que aprendemos a cambiar para bien de nosotros mismos y de los que nos rodean.

Y ni siquiera los que nos rodean son siempre los mismos. Para bien y para mal.

Yo no soy el mismo maestro que era antes. ¿Y tú sigues siendo el mismo aprendiz anclado en ideas antiguas, muchas de ellas ineficientes?

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jueves, 25 de enero de 2018

Cuatro tipos de personas

Juan Carlos García Valdés

Hay cuatro tipos de personas en la vida: los que te crean problemas a propósito, los que ni se meten contigo, los que tienen buena voluntad y te proponen soluciones y los que, muchas veces sin siquiera preguntarte, implementan esas soluciones para que tú estés tranquilo y/o feliz y de lo que los quiero convencer el día de hoy es que incorporen a su vida a la mayor cantidad de Tipo 4s. ¿Tipo 4s? ¿Qué es eso? ¿Y qué tiene que ver con el inglés? Lo sabrán todo en un momento.


Tipos de tipos

Aclaremos primero lo de los tipos, tipo que es importante:

Tipo 1: Crean problemas incluso donde no los hay. Se la pasan criticando, haciendo chismes y emanan generalmente una energía negativa. Siempre ven algo sospechoso y algo truculento en el progreso de los demás, pero pocas veces se dan cuenta de que el problema son ellos y su visión del mundo. Sería bueno recomendarles que se compraran una vida y sale bye, fuera de nuestra vista, de nuestro mundo, de nuestro day a day (obvio no se dice así, pero me gustó como suena).

Tipo 2: Gente que normalmente no nos causará problemas, pero que tampoco nos aportará gran cosa. Tal vez la mayoría.

Tipo 3: Estos muchachos son buenos, de verdad. Cuando tenemos un problema, se esfuerzan por darnos varias alternativas, si bien, como a menudo pasa en todos lados, estas se encuentran un poco contaminadas por sus propias ideas locas, inexperiencia y aversiones. Sea como sea, si sabemos diferenciar entre lo bueno y lo malo de lo que nos ofrecen, nos podemos llevar muchas cosas positivas de estos bodoquitos.

Tipo 4: Los Dioses del Olimpo. Los Másters de los Másters. Si te encuentras con uno o varios de este tipo en tu vida, no los dejes ir, por lo que más quieras. Ellos no sólo te sugerirán qué hacer, sino que pondrán manos a la obra de inmediato para que estés mejor, para que crezcas como persona, para que progreses, disfrutes o lo que sea necesario en ese momento de tu vida. Más bien escasos. Puedes llamar al 01-800-NECESITO-UNO para colocar tu nombre en la lista de es pera, manzana, sandía, papaya, guayaba o fresa-kiwi.


Ejemplos de tipos

Pongamos las cosas más sencillas, que aquí no estamos en tesis (tediosa y sin sentido) de licenciatura (que nadie leerá, gracias a Dios padre) ni en coloquio de intelectuales venidos a más, ni en tertulia de críticos literarios, ni en junta de académicos, ni en nada que se le parezca o asemeje-ja-de-je… ah no… ese era aserejé-ja-de-je.

Supongamos, sólo por el simple hecho de suponer, que yo olvido un libro importante en mi oficina que versa sobre el tema que estaré impartiendo el día de hoy en mi bella clase intitulada “Palitos y bolitas 4” (que ustedes pueden cambiar por lo que más refleje su realidad: Principios de coaching, La teoría de la relatividad, Palitos y bolitas de queso 2, Macramé, o Principios de la Arquitectura Deconstructivista).

Muy bien. Entonces compartámosle nuestro problema a cada tipo, a ver qué nos dicen:

El tipo 1 nos diría algo así como: No me sorprende. Eres tan tonto. Siempre te pasa. De seguro se te olvidó porque te fuiste con tus amigotes a degustar la vid. No fuera el libro que te dio mi peor enemigo porque ese nunca se te hubiera olvidado y etcétera, etcétera, etcétera hasta el infinito y más allá.

Por su parte, el tipo 2 nos diría que “ya qué” y san se acabó la historia. Ni le va ni le viene, ni tiene vela en este entierro, ni se va a enterrar porque nos estemos muriendo, ni va a pasar nada de nada, cero punto cero, cero a la izquierda, lo mismo que si se hubiera muerto una mosquita en Vanuatu. Él o ella se tapan un ojo, se tapan el otro y nada que ver.

El tipo 3, mientras tanto, nos diría que hay muchas opciones: que podemos llamar a un Uber y pedirle que nos la traiga, si bien, tal vez, eso implicaría darle la llave, que podríamos pausar la clase y solicitarle a alguien que nos eche un ride para recoger nuestro cuadernillo, que podríamos rezar para que por arte de la Divina Providencia nuestra notebook arribase o que simplemente podríamos buscar parte del contenido en internet, Wikipedia o vayan ustedes a saber dónde, lo cierto es que el mundo no se acaba y hay opciones.

El tipo 4, se te queda viendo con cara de “qué bonita es la vida”, agarra la llave, te dice que empieces tu clase y mientras tú comienzas, él o ella se van por la libreta. Asunto arreglado. Tienes lo que querías. No hay culpas ni recriminaciones. No hay sospechas ni nada de nada.


Pequeña confesión

Antes, cuando era inexperto y tonto, feo y pobre, yo le daba cabida a todos en mi vida. No importaba si eran tipo 1, 2, 3 o 4, yo abría mis brazos y les dedicaba parte de mi entonces mísero tiempo.

Sin embargo, ahora que he crecido un poco más, aunque todavía soy un niño, ahora bello y un poco más inteligente, me he dado cuenta que gran parte de tu felicidad en la life radica en el hecho de saber a quién sí abrirle la puerta y a quién de plano no.

Así las cosas, si antes todos eran bienvenidos en la viña del señor… García, ahora los requisitos para obtener el visado permanente sí que se han puesto intensos y vamos por más.

La gente que me crea problemas, sobre todo intencionalmente, prontamente sale de mi esfera como si yo fuera Marco Antonio Rodríguez, Draculín o Chiquimarco, y tuviera a la mano un par de tarjetas rojas que puedo usar como torero.

La gente que ni fu ni fa pues no me causa problemas, pero cuál es la razón de tenerlos cerca de mí, si son muy grises para mis colores radiantes. Me voy alejando, por lo tanto.

La gente que me propone soluciones, bienvenida. Los escucho, aunque no siempre concuerdo y les agradezco el tiempo que se toman en buscar que yo esté mejor.

Ah, pero eso sí, los que quieran conseguir el visado permanente deben volverse Tipo 4s, no porque quiero que sean perfectos, sino porque quiero saber que a mi alrededor sólo hay gente a la que le interesa que yo esté bien y que, si por algo no lo estoy, se pondrán las pilas para que pronto lo esté. Esto claro está, no es egoísta, ya que entre los Tipo 4s, como dirían en mi película favorita, obvio una de cine de arte, the feeling is mutual (aunque en estos casos del feeling al hecho no hay mucho trecho).


¿Y esto qué tiene que ver con el inglés?

Pues todo. Si la calidad de su vida dependerá en buena medida de la calidad de gente a la que tengan al lado, el secreto para la calidad de su inglés no versa por otros caminos.

Supongamos que queremos practicar y veamos las reacciones y frases comunes de cada muchachón:

Tipo 1: ¿Para qué quieres el inglés? ¿Te crees muy bilingüe o qué? Ya deja de creerte gringo. El inglés es muy difícil. El inglés simplemente no se nos da. Lo pronuncias del nabeishon. Lo hablas bien feo y aparte era de esperarse. Ya dedícate a otra cosa. No seas ñoño, ya deja de estudiar. Yo no voy a practicar con alguien como tú. Qué miedo practicar. Blablabla…

Tipo 2: Está bien que practiques. Sale bye, te cuidas.

Tipo 3: Podríamos buscar a nativos para hablar. Podríamos viajar a Londres, Liverpool y Tiendas de Francia para practicar. Te voy a recomendar unas apps. Podríamos ir al café y hablar in English. Podríamos buscar canciones en internet y traducirlas. Podríamos y podríamos y podríamos, aunque poco se concreta normalmente.

Tipo 4: Mañana tienes una cita con un nativo para practicar. Es mi amigo y le pedí que te ayudara. Lo ves en Starbucks de Plaza del Corolario a las 9. Te inscribí a un curso en Escocia. Te quedas en mi departamento. Empiezas el próximo mes. Te compré un libro para que lo leas. Te compré estas revistas para que las uses. Sólo te voy a hablar en inglés, así es que ponte las pilas o sucumbe. Vamos a cantar en inglés ahora mismo. Bajé esta app para que practiques. Te ayudará a mejorar específicamente tu… tu… y tu… . El próximo verano nos vamos a Estados Unidos. Tu boleto de avión ya está pagado y también la estancia en los hoteles. Vamos a practicar como nunca antes.


Hazme un mundo de caramelo

Muchos lectores podrán pensar que aspirar a tener Tipo 4s en sus vidas es un sueño guajiro. Eso sólo pasa en las telenovelas. No seas naïve.

A lo que yo les respondería lo siguiente: se les olvida que el secreto para estar rodeado de Tipo 4s es, precisamente, convertirse en Tipo 4 primero, sin tratar de obtener nada a cambio, sólo por el gusto de ser la mejor persona que podamos ser cada día y en el caso del inglés el mejor hablante posible en cada momento.

Como relata Brendon Burchard, palabras más, palabras menos, tal vez la verdadera influencia radique en el hecho de dejarnos influenciar (por las personas que valen la pena, claro está).


Manos a la obra

¿Quiénes son tus Tipo 4s? ¿Cómo puedes incorporar a más Tipo 4s a tu vida? ¿Ya eres tú un Tipo 4? Si la respuesta es no, ¿qué esperas?

Influye y recibirás mucha influencia positiva. Cambia vidas y tu vida cambiará. Pasa de la sugerencia a la acción y ve cómo los resultados fluyen, para ti y para los que te rodean.
  
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